La disputación de Heidelberg (1518) Martin Lutero

La disputación de Heidelberg (1518) Martín Lutero
La he titulado “La disputación de Heidelberg” porque éste es el nombre con el que aparece en las traducciones españolas. También podría llamarse “La defensa de Heidelberg”. Está escrita en forma de Tesis. El 26 de Abril de 1518 en la Universidad de la ciudad alemana de Heidelberg, se celebró un debate académico. Martín Lutero, como monje Agustino, tenía que defender sus puntos de vista. En principio las pretensiones de Roma era que desarrollara sus tesis sobre las indulgencias; sin embargo, el tema de su discurso fue otro: no las obras, sino la Fe es lo que mueve la Gracia de Dios.

A pesar de que Lutero fue desaprobado por los profesores de Teología obtuvo un gran éxito entre los estudiantes y muchos de los oyentes fueron posteriormente importantes figuras de la Reformación. (Fuente: wiki alemana)

Tanto en este caso como en los anteriores, he utilizado los escritos publicados en alemán. (“Die reformatorischen Grundschriften” in vier Bänden. Neu übertragene und kommentierte Ausgabe von Horst Beintker, dtv Bibliothek. September 1983, München)

La traducción al español de “La disputación de Heidelberg” se encuentra en formato Pdf en Internet.
Ruego encarecidamente a mis lectores la lectura del documento de Lutero. A pesar de tratarse de un documento muy breve, el contenido es enormemente enriquecedor.

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Exposición

Lutero comienza afirmando, apoyándose en citas de San Pablo y de San Agustín, que la Ley de Dios, la más santa enseñanza de la vida, no conduce al hombre a la justicia, más bien constituye un obstáculo. Por su parte, las obras humanas tampoco lo consiguen. Aunque vistas desde afuera reluzcan, están corrompidas en su interior. En efecto: si el hombre no consigue llegar a la justicia con la ayuda de la Ley de Dios ¿cómo lo va lograr él solo apoyándose únicamente en sus propias fuerzas?

La conclusión de Lutero es que las obras del hombre nunca están libres de pecado. Puesto que el hombre es imperfecto, sus obras también lo son. Cualquiera que esté contento de sus obras, comete pecado de orgullo y enciende la cólera divina.

Lutero fundamenta su posición demostrando la imperfección de tres tipos de obras:

a) Las obras que los justos realizan.

b) Las obras surgidas del esfuerzo de la voluntad.

c) Las obras en las que los teólogos consideran que ha actuado la mano invisible de Dios.

a) El hecho de que hayan sido realizadas por los socialmente considerados hombres justos no las convierten en mejores. Primero porque incluso ellos pecan siete veces al día y segundo, porque una cosa son las apariencias y otra, muy distinta, la intención.

b) En cuanto a la libre voluntad, Lutero la considera sinónimo de esfuerzo personal. En su opinión este esfuerzo es siempre activo cuando se trata de pecar. Aquéllos que se empeñan en esforzarse hasta donde su voluntad alcanza, pecan doblemente. Ello no significa, sin embargo, que haya que caer en la ociosidad ni el desaliento.

El llamamiento de Lutero es un llamamiento a la humildad y a confiar única y exclusivamente en la Gracia de Cristo.

c) Lutero se opone a los teólogos que ven en sus obras la acción de la mano invisible de Dios. En realidad, la mano invisible de Dios, afirma Lutero, es Su Fuerza, Su Divinidad, Su Sabiduría, Justicia, Bondad.. y el reconocimiento de todo ello no hace a nadie ni más digno ni más sabio.

Lutero distingue entre los teologos de la Magnificencia o de la Gloria y los teólogos de la Cruz.

Los teólogos de la Gloria, dice Lutero, llaman a lo bueno, malo y a lo malo, bueno. Están inflados de orgullo y cegados por sus propias obras. Justo porque no conocen el valor de la Cruz y la odian, anhelan lo contrario: la sabiduría, la Fama, el Poder, etc.

En cambio, los teólogos de la Cruz, llaman a las cosas por su nombre. Ello es así porque sólo después de haber padecido y sufrido podemos liberarnos del yo egoísta y llegar a la comprensión de que en realidad no somos nada y que nuestras obras no nos pertenecen a nosotros sino a Dios. Es entonces cuando comprendemos que no somos nosotros, sino Dios a través de nosotros quien todo lo obra y crea. Da igual que Dios lo haga con nosotros o no. El individuo que tiene verdadera Fe en Dios y que a través del camino de la Cruz ha entendido el verdadero sentido de las obras, no se enaltece ni se alaba si Dios obra y no se avergüenza si Dios no lo hace.

El único valor que Lutero aprecia para que un hombre pueda llamarse justo, es el de la Fe. Lutero ensalza el sufrimiento y la Cruz. Se trata de una Fe caracterizada por la humildad. El hombre de Fe carga con el sufrimiento y la Cruz como forma de purificación del yo egoísta y como prueba de confianza en Cristo.

El creyente, el hombre de verdadera Fe, no necesita de obras que le glorifiquen ante los hombres. Sabe que no puede enorgullecerse de lo positivo que de éstas pueda resultar puesto que el mérito no es suyo sino de Dios.Sabe también que Dios no presta atención a las apariencias sino que examina el corazón y los riñones y que resulta imposible tener un corazón limpio sin la Gracia y sin la Fe. Es consciente de que con obras o sin obras todo su ser descansa en la gracia de Cristo y que no es justo el que obra sino el que sin obras, cree en Cristo.

¿Significa esto que Lutero defiende, como él mismo ya ha preguntado, la ociosidad?

¿Acaso es indiferente hacer que no hacer?

En absoluto.

La intención de Lutero es negar el valor de la obra humana, no porque sea obra sino por su consideración de humana. En tanto que humana es necesariamente imperfecta y por tanto, todo el que se vanaglorie de sus actos, está pecando. Da igual que sea el justo, el teólogo o el hombre esforzado. Nada de estas acciones pueden ser válidas en sí mismas consideradas. Para que tengan valor cristiano y puedan ser consideradas realmente justas, es necesario que estén impulsadas por la Fe. Una Fe que ha de caracterizarse tanto por tratarse de una Fe Viva como de una Fe humilde. El que realmente cree, acepta cualquier sacrificio y no teme ningún obstáculo porque confia plena y absolutamente en Dios. Por otra parte, tampoco se alaba por ninguna de las actuaciones que otros califiquen como justas o dignas de ser ensalzadas porque es consciente de que Dios es la fuerza que opera en él y él simplemente es el operante. Según Lutero gracias a la Obra que opera, lo operante agrada a Dios. Tan pronto como Cristo vive en nosotros a través de la Fe, nos mueve Él a obrar a través de esa Fe viva. Las obras que Él mismo hace son el cumplimiento de los mandamientos de Dios y nos son regaladas por la Fe.

En cualquier caso, tengo la impresión de que Lutero mismo es consciente de la dureza de sus palabras, dirigidas a todos esos vanidosos hipócritas que utilizaban las buenas obras como medio de adquirir fama y prestigio social. Tal vez por eso, al final de su escrito, su tono se suaviza y hace un llamamiento al Amor. Lutero reivindica el amor frente al entendimiento porque este último enjuicia según las apariencias, considera importante la apariencia de los hombres y dicta su opinión según lo que el ojo le muestra. Si la Fe humana es humildad, la Gracia de Dios es Amor.

Pero ese Amor, avisa Lutero, tampoco es comparable al humano.

El Amor de Dios crea lo que ama. En cambio, el amor del hombre aparece únicamente cuando encuentra algo digno de amar. Cristo dice que no ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores. De ese tipo es el Amor de la Cruz, nacido de la Cruz. Es mejor dar que tomar.

Conclusión y Comentario

Como ya he dicho antes, mi impresión es que la disertación de Lutero en Heidelberg iba dirigida en contra de aquéllos que actuaban sólo y exclusivamente por interés: bien fuera para enriquecerse, alcanzar prestigio social o simplemente para ser considerados como personas rectas y beatas por el resto de sus semejantes.

La primera conclusión a la que llegué después de mi lectura es que Lutero se había metido en un callejón sin salida. En efecto, la afirmación de las obras justas no servían para justificar al hombre delante de Dios sino sólo la Fe implicaban dos graves problemas.

El primero que el hombre, ser activo por naturaleza y por obligación, tenía que aceptar que sus acciones, por muy justas que fueran, no le resultarían de utilidad alguna cuando su alma se presentara ante el juicio de Dios.
La consecuencia que de ello se derivaba, por más que Lutero se opusiera a tal interpretación, era la absoluta inactividad. Posteriormente le abocó en el tema de la Predestinación, pero este tema no lo trata aquí y por tanto, nosotros no nos vamos a ocupar de él.

El segundo, que cualquier hombre amparado por la Fe podía hacer en principio lo que quisiera o incluso no hacerlo. Su Fe justificaba y amparaba cualquier acción.
La consecuencia era la caída en una actitud indolente o, peor aún, intransigente y dogmática.

Al día de hoy, sin embargo, mis consideraciones al respecto han cambiado. Es cierto que sigo convencida de que tales problemas subsisten y que ambos constituyen una excusa tanto para la apatía como para el dogmatismo moral. Pero estoy convencida de que Lutero no pretendía ni lo uno, ni lo otro. No es sólo que Lutero se oponga a la ociosidad, es que no deja de hablar de las obras. Lutero es consciente de que a una sociedad la mantienen las obras de los individuos que en ella conviven. En cuanto al dogmatismo religioso, él mismo le estaba haciendo frente.

¿Cuál es entonces la auténtica posición de Lutero respecto al significado de las obras?

Como hemos visto en los otros escritos anteriores, la preocupación de Lutero por las cuestiones sociales es una constante. A mi modo de ver, despojando a las obras de su carácter religioso las trasladaba al amparo y cuidado de la ética social. Dejándolas al cuidado de los hombres, liberaba a la religión de su yugo. La religión es espiritual y a ella corresponde única y exclusivamente la esfera de lo espiritual. Las obras humanas, en cambio, son materiales y fingiendo una bondad y una pureza que en absoluto conllevan, manchan la esfera del espíritu. Las obras imperfectas de los hombres imperfectos pertenecen a la esfera de la sociedad, tam imperfecta como los mismos hombres que la constituyen. Es a ellos, por tanto, a quienes les pertenece decidir cuándo una obra es útil o no, aceptable o no. “Al César lo que es del César y a Dios, lo que es de Dios” Las obras de Dios corresponden a Dios, la de los hombres, al César. Que el César juzgue las obras humanas, que Dios juzgará el corazón de los hombres.
De este modo, las obras de los hombres abandonan el terreno de la religión para ir a habitar los aposentos de la moral y de la ética. Las obras dejan de pertenecer a la consideración del Tribunal de la Iglesia Católica y pasan a ser asunto de la política humana. Ésta, en mi opinión, era el principal propósito de Lutero. El teólogo alemán hace un llamamiento a la confianza en Dios, a la humildad del hombre, a obrar llevado de la Fe y no del respeto social o del beneficio económico que de tales obras puedan derivarse.

En segundo lugar, la Fe libera al hombre de los prejuicios sociales, de los intereses, de las apariencias sociales. El hombre de Fe no tiene que justificar su conducta ante los otros hombres porque él solo responde con su Fe ante Dios. No se trata sin embargo de una Fe perezosa sino de una Fe viva. Esta Fe viva, sin embargo, se asienta en la penitencia y en la humildad. En este punto se muestra Lutero radical. La Fe viva nunca puede ser una Fe orgullosa, dogmática, arrogante. La Fe significa confiar en Dios, confiar humildemente y cargando la Cruz, que uno está seguro de poder sostener no gracias a sus propias fuerzas, sino porque su Fe en Dios le va a ayudar. Del mismo modo poco han de importarle a él los juicios ajenos. Él es mero instrumento de Dios. ¿Le aboca esto en el libertinaje? En absoluto, la misma Fe Viva que libera al individuo y a sus obras de la sentencia de la opinión pública, le mantiene unido a Dios y a sus preceptos.

Los argumentos teológicos que Lutero debió presentar para desposeer a las obras humanas de una consideración religiosa le condujeron en una dirección que, en mi opinión, no había previsto en un primer momento: la Predestinación. He dicho antes que no quería hablar del tema, pero no me resisto a hacer un comentario al respecto. Estoy convencida de que la Predestinación en la teología de Lutero fue más una consecuencia al que se vió arrastrado que un principio inicial de su teoría y, a mi juicio, significó -sobre todo- un carpetazo en la mesa para combatir la arrogancia de los representantes de la Iglesia Católica. Una especie de “Dios hace lo que le da la gana, porque le da la gana, cuando le da la gana, y como le da la gana”.

Lamentablemente Lutero perdió en esta lucha un gran hombre: Erasmo de Rotterdam, cuyo espíritu conciliador con la Iglesia Católica no quiso aceptar semejante consecuencia por muy necesaria que fuera para ganar la guerra. Lutero perdió a Erasmo como seguidor; no como simpatizante.

Sin embargo, en este primer momento, Lutero no ha desarrollado, como digo, esta tesis. La pregunta que plantea en la disputación de Heidelberg es:

¿Cómo puede estar seguro un hombre que alcanzará la gracia de Dios? ¿Qué es lo que mantiene a Dios unido al hombre?

El hombre no lo sabe pero lo espera. Y lo puede esperar en virtud de la naturaleza del amor divino. Como ya hemos visto, al contrario del amor humano, que aparece únicamente cuando encuentra algo digno de amar, el Amor de Dios crea lo que ama.

Isabel Viñado-Gascón

http://impactobiblico.com/wp-content/uploads/2012/03/Un-comentario-sobre-La-disputaci%C3%B3n-de-Heidelberg-por-Jonathan-Boyd.pdf

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