¡Así quisiera amarte!

¡Así quisiera amarte!

 

¡Así quisiera amarte!
con la misma pasión de los amantes
que por primera vez se besan.

¡Así quisiera amarte!
Despojado de toda mi bajeza;
que me broten del alma, como a un niño,
las palabras bañadas de inocencia.

¡Así quisiera amarte!
En la lucha titánica y tremenda
por arrancar del corazón humano
el odio, el egoísmo y el holocausto inútil de la guerra.

¡Así quisiera amarte!
en el camino ascendente donde tantos te dejan
en el afán de verte convertir en alfombras las piedras.

¡Así quisiera amarte!
como Saulo de Tarso con los pies en cadenas
y esperando de Nerón la bárbara sentencia.

¡Así quisiera amarte!
como el joven Daniel
a ti sonriendo entre un rugir de fieras
o bendecirte con el último aliento
como el mártir Esteban.

¡Así quisiera amarte!
como el patriarca Abraham con el cuchillo en alto,
dolorido y sin fuerza,
pero dispuesto a hundirlo sobre lo más querido
si tu voz me lo ordena

¡Así quisiera amarte!
en esas diez centellas de tu ley
que matan, que dan vida y atormentan;
hacer de mi cerebro un Sinaí
y de mi alma y corazón
dos tablas que pregonen tu existencia.

¡Así quisiera amarte!
cuando los sabios y filósofos, para negarte,
se llenan de soberbia
y te niegan en el Cristo infinito,
en la materia indestructible,
en la casualidad acaso;
decir yo como Arquímedes: ¡Eureka!
te he encontrado en la vida y en la muerte,
hasta en la inteligencia misma que te niega,
y orgulloso mostrarte palpitante
en cada una de mis células.

¡Así quisiera amarte!
entre montañas de volúmenes
de sugestivos títulos y materias diversas
para rendirle culto a la moral, a la razón, la inteligencia,
y a ti, la causa de las causas, te desechan.
Y al saberme entre tanta aparente abundancia
de comidas espléndidas,
postrarme a tus pies rendido
a esperar las migajas de tu mesa.

¡Así quisiera amarte!
Como Tú me has amado: Sediento, maldecido,

con espinas y clavos, diciendo con el precio de la sangre:
¡Te amo, sí, te amo!
¡Así quisiera amarte!
Más, si la fe me falta,
si soy débil y cual Pedro te niego,
vuelve, Señor, inquiéreme:
"¿Me amas?"
y al saberme llorando me dirás como a Pedro:
"Apacienta mi rebaño".
¡¡ASÍ, SEÑOR, ASÍ QUISIERA YO AMARTE!!

                                   Rodolfo Loyola

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